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Feel the black sound

Crónica Concierto de Johnny Winter, Sala Custom, Sevilla, 27/04/2013

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TÓRRIDO INVIERNO

REconozco que  iba con miedo. Las referencias de algunos conocidos y amigos míos no eran precisamente halagüeñas. Unos y otros me hablaban de un músico acabado, incapaz de defender la leyenda que se ha forjado a lo largo de su carrera.

Como otros tantos, yo guardaba en mi memoria la titánica interpretación de “Mean Town Blues” filmada para la posteridad en el festival de Woodstock de 1969, con un Winter rebosante de energía. Pero de eso han pasado ya 44 años. Muchos, quizá demasiados.

Desanimado tal vez por las expectativas me sorprendió saber que las entradas se habían agotado, y ciertamente los alrededores de la Custom presentaban un aspecto festivo, con gente de edades muy variadas (aunque ninguno tan viejo como Johnny), aprovechando para cenar o beber algo antes del concierto en las habituales tiendas de comida rápida portátiles y charlando entre amigos.

Uno de ellos era un Raimundo Amador cargado con una guitarra (¿sería Gerundina?), presumiblemente esperando poder intercambiar ideas con el maestro, guardando la cola como uno más. Simpática estampa, la del ex Pata Negra, con su melena suelta larguísima.

Tras una espera razonable las puertas de la Custom se abrieron. El interior, fresco por los ventiladores, se llenó pronto de carcas con una cerveza en la mano, preguntándose quién sería el artista invitado que prometían los carteles. La duda se despejó pronto. Sin muchas ceremonias la G Street Band empezó su set de versiones con una introducción instrumental que desembocó en el clásico “Long train runnin’” de los Doobie Brothers.

Tras la sorpresa del “Waterloo” de ABBA el rock más FM campó a sus anchas en forma de “I shot the sheriff” (la versión de Clapton del tema de Marley), diversas incursiones en el universo Tarantino (con Black Eyed Peas y Chuck Berry conviviendo sin mayores problemas) o una espléndida “Rolling on the river” de Ike & Tina Turner. Se marcharon sin ruido, prometiendo volver al término del show de Winter.

El ambiente era de lo más relajado.

Sonaban Led Zeppelin, The Doors y Lou Reed mientras un pipa con pinta de cowboy hacía su trabajo, y una tipografía que sugería un oeste psicodélico rezaba: “Johnny Winter”.

Alguien repartió unas bonitas fotos de Johnny y su banda. Todo pintaba bien, y pintó mucho mejor cuando Scott Spray al bajo, Paul Nelson a la guitarra y Tommy Curiale a la batería tomaron el escenario de la Custom y arrancaron con una introducción realmente poderosa, durante la cual un Johnny sujeto del brazo por su asistente y presentado de forma vociferante llegó hasta el borde del escenario.

Es extraño describir lo que se siente al ver a Johnny en la actualidad. Apenas se sostiene en pie y parece incapaz de erguirse con normalidad desde que se rompió la cadera en un accidente. Para colmo, no sólo está levemente bizco, sino que parece que su albinismo le ha pasado tanta factura como las adicciones a las que ha tenido que hacer frente a lo largo de su vida. Las dificultades a la hora de sincronizarse con la velocidad de su banda al comienzo de “Johnny B. Good” hicieron presagiar un concierto corto… pero demasiado largo sin embargo.

Afortunadamente Johnny sólo necesitaba calentar un poco y sentarse. Cuando lo hizo todo mejoró ostensiblemente, permitiéndonos disfrutar de su particular manera de entender el blues y el rock y haciendo que la experiencia de ver a Johnny Winter fuera jodidamente incongruente con la de escuchar a Johnny Winter, mediante arreglos sumamente complicados para lo que es normal en el género, interpretados con precisión por la banda y con pasión por su líder.

Hay que destacar a los músicos. Tommy Curiale es un reloj suizo con esteroides, con una pegada espectacular y capaz de finuras varias, y es durante los temas más rápidos cuando su talento se hace más evidente y su resistencia más admirable. Su interpretación en “Got my mojo workin’” nos dejó de piedra.

En el caso de Johnny, su actuación me pareció rayana en la gesta teniendo en cuenta su estado, pero fue durante un número lento y especialmente pegajoso cuando pude apreciar mejor el enorme gusto que tiene este hombre. Acostumbrado como estaba a sonoridades más enérgicas, fue una agradable sorpresa (como, en general, todo el concierto) comprobar su buen hacer y sentimiento en situaciones diferentes.

Scott Spray, bajista excelso donde los haya, dejó durante todo el recital constantes muestras de su maestría con el instrumento, realzando la sección rítmica y actuando como un pivote al lanzar pequeñas (¡pero grandes!) líneas melódicas por aquí y por allá, y apoyando al jefe en la creación de harmonías que mantenían el oído y la mente felices.

Fue durante “Bonie Maronie” cuando mejor pude apreciar la labor de Paul Nelson, escudero ideal para Winter.

Técnicamente este hombre es, de hecho, mejor que Johnny, como demostró con sus solos. Pero esto es rock and roll, señores, no metal progresivo, y sus dotes, aunque grandes, no eclipsaban al maestro en ningún momento. Ni lo pretendían.

Uno de los momentos álgidos, para mí, de la noche fue la esperada versión del “Jumpin’ Jack flash” de los Rolling Stones.

Es curioso cómo el espíritu de una canción puede mantenerse aun a pesar del paso de los años y la merma de las capacidades. La voz de Winter apenas se alzaba por encima de la música, pero la actitud era la correcta. Quedaba claro con esto aquello de que “el diablo sabe más por viejo que por diablo”…

Otra versión de los Stones, “Gimme shelter”, precedida por apuntes al bajo del “Sunshine of your love” de Cream, sirvió como despedida provisional, con un Johnny que se puso en pie para deleite de un público ganado desde casi el comienzo.

Los persistentes problemas con la microfonía a lo largo de todo el concierto no estropearon una noche que ninguno de los ventiladores de la Custom podía enfriar ya.

Tras otra razonable espera la voz del comienzo nos retó a recibir de nuevo a Johnny Winter como él se merece. Esta vez llegó armado con un bottleneck, dispuesto a dar buenas muestras de su manejo. Con “Highway 61”, de Dylan, Winter puso el broche de oro a un recital heroico, como lo es el simple hecho de seguir dedicándose a esto a su edad y en sus condiciones. Los aplausos del público reflejaron este sentir, y no quiero dar ni mucho menos la impresión de que el nivel del concierto no fuera excelente.

El técnico puso blues, y algún otro tema de Led Zeppelin. Tommy Curiale salió a firmar las fotos de antes, los CDs, los DVDs que estaban a la venta, y se tiró un buen rato complaciendo a los fans. A su espalda, la G Street Band montaba para dar el prometido segundo pase, mientras la mayoría de la gente salía a tomar el aire. Entre ellos estaba Raimundo Amador. Para él ya había acabado el concierto, y para un servidor también. El frescor de la noche había hecho su aparición, pero sin estremecernos: fue Johnny quien nos congeló el tiempo y quien nos calentó el espíritu. Nunca un invierno resultó tan cálido.

Autor: Esperanzamar

La música une, es universal, da igual el idioma que hables o si ni siquiera dices una palabra. Hay veces que ha dado igual si te has quedado sordo incluso, se puede sentir, te hace estremecer, saltar, gritar... la vida es mas interesante con ella y por eso deberia ser de libre circulacion. Aqui pongo mi granito de arena

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